lunes, 19 de noviembre de 2007

la selva (I)


Me voy a buscar a Milena y Agustín a Federação en el corsa que alquilé el día anterior. Salimos a las 7:00 para Sitio do Conde, donde nos han indicado unas zonas de selva atlántica diferente a todo lo que hemos visto hasta ahora. Después de unas 3 horas de camino, nos dicen en un puesto de turismo por dónde ir, y cogemos las carreteras polvorientas que dan al interior de Conde. Tras unos cuantos kilómetros de capoeira, aparecen manchas arboladas de mata secundaria o terciaria, y de repente una hacienda recién quemada y roturada para dedicar al pasto. Cuando se lleva a cabo esta práctica, generalmente la explotación dura pocos años, dada la escasa productividad del suelo. Así es como la destrucción se está extendiendo a toda velocidad por el estado.

Seguimos avanzando, cada vez más abrumados, hasta llegar a un enorme eucaliptal. Aquí casi se puede ver a los eucaliptos crecer. Alcanzan los 10 metros en 3 años. El caso es que se cree que hay muchos árboles, procedentes de la Mata Atlântica, con potencial para crecer rápido y dar celulosa, y a nadie se le ha ocurrido probarlos.

Nos volvemos al sur, huyendo de la desolación, y bastante afligidos. Resulta que la zona de Conde es muy nubosa, y es difícil observar mediante fotografías de satélite lo que allí ocurre (?). Además, en Brasil la fiscalización en materia ambiental es muy débil, y las talas y malos usos del suelo son difíciles de controlar. Agus nos cuenta que cada hacendero debería dejar un 20% de sus tierras para la selva, pero con suerte dejan un triste árbol o dos vivos. Nos preguntamos cómo es posible que se haya llegado a esto, porque a este paso ni el 7% de selva original de que se habla se podrá conservar. Como todo el mundo sabrá a estas alturas, un ecosistema tan frágil y diverso es imposible de recuperar una vez talado. Incluso anque rebrote y los árboles recuperen su antiguo porte. La abundancia de especies es enorme, pero la de individuos de estas especies es muy baja, lo que los aboca fácilmente a la extinción.

Conduce ahora Agostinho, y yo me quedo dormido. Cuando me despierto está hablando Milena de cómo nos lo estamos cargando todo, y de que pronto no quedará nada. Agustín cuenta que tendrá que modificar su artículo científico, sobre lagartos de la mata, porque no hay mata... Mientras me incorporo, me invade una enorme sensación de tristeza. Siento que he hecho muy poco para evitar que cosas así acontezcan, y me siento culpable. Ya más despierto, pienso en voz alta: a veces me parece que ya estamos condenados a vivir siempre con el peligro de extinción inminente sobre nuestras cabezas. Llegaremos a un punto crítico y a partir de ahí seremos una especie que sobrevivirá a duras penas hasta extinguirse. ¿Estamos siendo los últimos testigos de la diversidad que la Tierra ofrece? A veces pensarlo produce un enorme desconsuelo.

Hablamos sobre el cambio climático. Después de haber leído un manifiesto de un ingeniero forestal - bastante criticado, por cierto - sobre el efecto invernadero, y de enterarme de que la temperatura en Salvador ha subido 8 ºC desde el siglo XVI, me pregunto si no habrán sido las selvas y los bosques los que han mantenido el clima estable en la Tierra, y al talarlas es cuando realmente cambiamos las temperaturas y los procesos climáticos, locales y globales. Es una pregunta retórica. Y no tiene nada que ver con la función de las selvas como sumideros de CO2.

Poco después llegamos a Sapiranga, y nos volvemos a animar.


To be continued...

1 comentarios:

Cesare dijo...

Non hai remedio. O mellor é extinguirnos como especie dunha forma ordenada. O que se podería denominar "retirada sustentable"