A esta hora uno empieza a tropezarse con las redes de las néfilas (Nephila claviceps), que tienen una seda de la consistencia del acero, y uno casi se queda colgado de ellas por la barriga cuando pasa. Otra que aparece mucho en el camino es la araña espinosa, Micrathena, un bicho de aspecto imposible, con colores fluorescentes y una especie de cuernos que le salen del abdómen; como un sistema de defensa, se supone, para disuadir a los posibles depredadores. Estas arañas con aspecto tan peligroso, caen constantemente encima de uno al atravesar sus telas, pero por suerte son del todo inofensivas.Las cigarras comienzan a cantar, y bajo un árbol no muy alto, suenan varias que parecen silbatos de carnaval. En mitad de la selva, tengo la impresión de haber sido transportado a la cabeza de un desfile en Rio. Continúa la búsqueda de pererecas (ranas arborícolas). Sus cantos van desde el "bim-bim", parecido a un berimbau electrónico, a una especie de mugido, como de una vaca en miniatura. Y son fáciles de ver, apoyadas en las hojas; muchas veces se quedan quietas, como deslumbradas por nuestras linternas. Eleutherodactylus pombali, descubierta hace muy poco, es la más vistosa, del color de una piel de naranja seca, y bastante grande.
En el sendero que recorremos se cruza una "autovía" de hormigas defoliadoras. Son tantas que han formado un surco en el suelo, y llevan pedacitos de hojas, de vainas, y pétalos amarillos, azules, rosas... En realidad recuerdan a una multitud de comerciantes indios llevando telas coloridas al mercado. Entre éstas se encuentran las soldados, como policías de tráfico en medio del atasco.
Bajamos un pequeño terraplén y nos encontramos, en la orilla del río, paseando tan campante, un sapillo de color marrón rojizo, con aspecto de hoja muerta (Chaunus jimi). Salta muy torpemente, y tiene unos ojos que le dan aspecto de duendecillo. Al agarrarlo, veo que su cabeza es muy dura, y tiene zonas protuberantes en la base del cráneo; esto y su piel, muy seca, lo hacen muy agradable al tacto. Daban ganas de llevárselo a casa.
Siguiendo la orilla, damos con unos pequeños saltos de agua, donde una rana del tamaño de un conejo nos mira impasible. Es una gia, muy común también en las cloacas de Salvador. Intento cogerla agarrándola por la cabeza, pero la fuerza de sus patas traseras es tal, que me empuja hacia atrás y resbala de mis manos como una pastilla de jabón gigante, y se va pegando enormes saltos. Más tarde Milena atrapa otra sin mucho esfuerzo, y nos demuestra que eso de que el hombre es el más adaptado para la caza es un cuento chino.
En el río nos entretenemos pescando unos camaroncillos, pero de repente aparece un pitú, un decápodo con forma de cigala, de unos 30 cm., que nada velozmente. Milena de nuevo se abalanza sobre el bicho, pero se le escapa entre los dedos. Nos dice que es blando, lo cual nos quita las ganas de comérnoslo en la cena.
Volvemos al campamento base y en el camino aun nos encontramos un cerambícido en un árbol. Agus lo tiene en la mano, y después de un rato el bicho emite un gritito, como de protesta. Lo dejamos ir, correteando por el tronco arriba.
Entre los árboles vuela una luciérnaga. Sus destellos parpadean y dejan una estela de luz verdosa en la oscuridad total de la selva.
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