El sábado pasado Ronán nos llevó a unos cuantos alumnos a Salinas da Margarida, un municipio en la BTS, frente a la isla de Itaparica. Nuestro objetivo era evaluar las posibilidades de la zona para el turismo sostenible. Además, yo estoy empezando un proyecto de desarrollo con Ronán en la bahía, que aunque ahora no avanza, espero que en diciembre tome forma.Visitamos primero una aldea de pescadores, Mutá, donde casi todos los paisanos practican una economía agrícola autosostenible. Aquel día había una congregación en la plaza del pueblo (unas quince o veinte personas) y a la sombra de los árboles habían dejado atados los gallos de pelea para la fiesta que empezaría más tarde. Un canturreo bastante desagradable sonaba en todo el lugar, y por momentos rompía el sosiego. Me acerqué a ver. Resultó ser una mujer que había cogido el micro en la iglesia evangélica allí al lado y no lo soltaba, la jodía. Grande y gruesa, con sus mejores galas, se dejaba las cuerdas vocales en destrozar el cántico. En un pueblo así, la iglesia es como un karaoke de barrio; permite a los lugareños dar rienda suelta a sus inquietudes musicales.
Enseguida bajé con Patricia a la playa estuarina en frente del pueblo, y después de poner el pie en la arena, miles de pequeñas criaturas avanzaban a nuestro paso. Sonaban como un ejército de pequeños muñecos articulados. Eran cangrejos violinistas, que se iban metiendo en sus agujeros en la arena, los que podían, porque a veces estos estaban ocupados y no encontraban dónde entrar. En cuanto nos alejábamos un poco, volvían a su tarea de filtrar la arena y dejarla hecha pelotitas por toda la playa. Para defender el territorio, los machos levantan la mayor de sus pinzas en un gesto que les ha valido el nombre de chama-maré. Nos acercamos a los pescadores, que utilizaban un método de pesca muy elaborado, dirigiendo los peces a una trampa hecha de maderas entrelazadas; quizá el mismo método que utilizaban sus antepasados africanos. Fueron muy amables, y pacientes con nuestras preguntas, mientras trabajaban.

El pueblo está rodeado por unas cuantas pequeñas manchas de selva, que empiezan a ser degradadas. Uno de nuestros objetivos con este viaje, es estudiar la viabilidad de un proyecto turístico para la zona que permita conservar estos paisajes tal y como están ahora. Esto es algo que la ONG de Ronán viene haciendo desde hace muchos años, y que ha funcionado bien en lugares como Boipeba.

Comimos en Salinas, el ayuntamiento, una mariscada de saltársele a uno las lágrimas, y vimos las antiguas salinas propiamente dichas, qua ahora son granjas para camarones. Después salimos para Perajuía, un pueblecillo bastante abandonado, con un pequeño astillero de escunas, embarcaciones típicas de la bahía. El bar del pueblo, frente al mar, era como un pequeño aviario, con jaulas artesanales por toda la galería, cada una con un pájaro: ciguas, sangue-de-boi, pequeños túrdidos, pássaro-preto...
Me escapé con Pati a tomar un baño en la playa. El agua estaba más caliente que el aire. La sensación era de nadar en aguas termales. Flotaban canoas en la orilla, hechas de una sóla pieza, y un barco de escuna a pocos metros de nosotros.
Fue inspirador ver que, a sólo hora y media del infierno de asfalto, hay gente viviendo una vida humilde y sencilla, en su paraíso particular; con preocupaciones muy diferentes a las nuestras, y una alegría de vivir que nos gustó compartir por unas horas.
1 comentarios:
me podes mandar mas info de ese lugar... hay salinas en algun lado ? si me respondes hacelo a :
ivanuffff@gmail.com
gracias
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