viernes, 4 de enero de 2008

la ciudad maravillosa



Llevo más de una semana en Rio. Todavía me sorprende la forma casi sobrenatural en que se han ido sucediendo los acontecimientos de los últimos días. Primero, llegar a casa de Marcelo, amigo de Angeluz, de la que hablé hace poco, y que también está en Rio estos días. Es realmente difícil explicar lo que Marcelo ha supuesto para mí en tan poco tiempo. La forma arrebatadora en que ha entrado en mi vida y me ha dejado entrar en la suya. Es una persona con una inteligencia muy especial, más allá de lo intelectual, porque trabaja con la intuición donde sus conocimientos de ingeniería y su experiencia en cambio climático y medio ambiente no llegan. Y porque conoce la vida en un sentido tan amplio que no hay nada que no se pueda discutir con él. Eso sí, a veces habla mucho. Hay que decir a su favor que pocas veces habla demasiado. Ha dejado un puesto importante en el mercado del cambio climático para crear una organización en Rio de Janeiro. Y, oh! divina coincidencia, va a trabajar exactamente en el campo de la conservación que a mí me interesa más desde que llegué a Brasil: introducir la permacultura en la vida urbana.
Porque la favela tiene un gran potencial en esto, dado su estatus suburbano, quasi-rural a veces.
Así que de momento tengo pensado quedarme por aquí a ver como empieza el proyecto, y cómo funciona.

El hecho de no haber podido (o querido) tener acceso a internet en los últimos días complica el escribir sobre ellos con detalle. Pero contaré algo.


Un día después de llegar a Rio, nos fuimos con dos amigos en jeep a Niteroi, al otro lado de la Bahía de Guanabara. Me quedé maravillado con los paisajes. La mezcla casi futurista, como de dibujo manga, de montaña y selva con rascacielos, edificios antiguos, fábricas modernistas, el puerto en medio del verde , el mar gris y las nubes entre los morros; las fragatas, como animales prehistóricos, sobrevolando todo aquello y volando a nuestra altura mientras atravesábamos el puente Rio-Niteroi.
Llegamos a Itacoatiara, una playa preciosa donde Ingrid, una amiga de Marcelo, tiene una casa. La playa es una versión pequeña de la de Ipanema, mucho más salvaje y con una arquitectura que respeta el entorno. Hablé un buen rato con el que fue nuestro chofer, Jose, un economista que había dejado su antiguo puesto para hacer un doctorado en economía y políticas ambientales. Y me fui a pasear por la playa más tarde y a bañarme. El mar estaba bravo y las olas, de unos 5 metros, rompían verticalmente contra la orilla, por lo que más de una vez giré sobre mí mismo en el agua y me di unos cuantos rodillazos en la arena. Saliendo del mar, vi que varios peces aparecían en la orilla, coleando. Los alcatraces y las fragatas hacían picados muy bajos para cogerlos. Durante toda la tarde, peces que parecían provenir del mismo banco, se suicidaban en grupo sin explicación aparente. No parecía haber ningún depredador en el agua.

En casa de Ingrid comimos una merienda buenísima mientras hablamos de Santiago y de un profesor suyo de Rio que vivió en Galicia y escribió un libro sobre las aldeas gallegas.

Estos días han estado aqui: Vane-SSA, una amiga rubia-baiana-con-alma-de-negra, y Agustín, que se ha venido de São Paulo. Vane-SSA, nos hemos dado cuenta, tiene doble personalidad, y de convierte en la negra Jessica por las noches... Pero eso da para otro blog.

El fin de año en Ipanema fue probablemente el mejor de mi vida. Hicimos ofrendas a Yemanjá, bailamos hasta el amanecer una música insuperable, nos bañamos en el mar y conocimos a un grupo de gente de muy "alto astral" como dicen por aqui. Lo más surrealista fue el taxista que nos llevó a casa, a unos 160 km/hora, con el que hice una coreografía en el coche, mientras sonaba UB40, y él sacaba las manos del volante en las curvas. Después entramos en un túnel y alcanzó otro taxi y se puso a hablar con el conductor mientras todos, tanto nosotros (Marcelo, Ana Paula, Agustín y yo) como los pasajeros del otro taxi, nos mirábamos atónitos.
Lo más sorprendente: todo eso aconteció sin drogas (bueno, salvando algún baciado).