El fin de semana pasado, viajé con unos cuantos amigos - Marcelo, Ángela, Cristiane (hermana de Marcelo) y Gurumurti (amigo común) – a Bom Jardim, un pueblo en Nova Friburgo, al Noroeste del estado de Rio de Janeiro. El viaje lo organizaban Silvia y su novio, Fabiano. Silvia y Fabiano son una pareja fuera de lo común: Fabiano es hijo del jefe de una tribu, los Huni Kuin, y Silvia ejerce de consorte heredera, a pesar de que es una chica carioca de lo más normal. El objetivo común del grupo con este viaje era buscar un lugar para establecer una comunidad. Y el lugar resultó ser perfecto. La hacienda se llama Flor da Serra, y está en un valle en Nova Friburgo, en medio de varias montañas cubiertas de selva, en algunos lugares virgen, y en otros, secundaria, en tierras antes de cultivo. Entrando a la finca, se ve al otro lado una pared de roca cubierta de bromelias gigantes. Siguiendo la pendiente, hay un riachelo donde fuimos a darnos un baño recién salidos del coche. El lugar tiene varios edificios: uno de ellos es la cocina, otro una sala grande y otros tres son chalets con varias habitaciones. Lo mejor es que, en la pendiente que forma el lugar, se crean varios espacios diferentes con distintos ambientes: un jardín con césped y arbustos en flor, un bananal cargado de plátanos, un bosque de bambú y un área separada por grandes rocas casi cúbicas. Un camino hecho de losas de piedra conecta los distintos edificios. En la entrada, se accede a otro terreno de la propiedad, que es un antiguo cafetal y que está siendo invadido por la selva de nuevo.
Aquella noche Fabiano y Silvia iban a realizar para nosotros una ceremonia de Ayahuasca. Ayudé a Fabiano a preparar la hoguera. Fabiano tiene sólo 22 años y suele responder con una sonrisa cuando se le habla. Tiene los ojos grandes y rasgados, y una cara redondeada. Es callado, pero simpático, y cuando habla para el grupo parece dirigirse a nosotros realmente como el enviado de su tribu, como el transmisor de un importante mensaje.
Ralph, el dueño de la hacienda, participó en la ceremonia, y fue muy hospitalario (lógico, cualquier cosa que facilite la venta de la propiedad, imagino).
La ayahuasca se suele llamar en Brasil Daime, por la religión llamada Santo Daime, que la ha hecho popular entre los no indígenas. Es utilizada por numerosas tribus de sudamérica, a las que sirve de canal para establecer un diálogo con la selva. Me pareció una lástima no poder hacer la ceremonia al aire libre, que es como se vive mejor la experiencia, pero la lluvia, como se preveía, fue realmente intensa. En lugar de una hoguera, en el centro del círculo dejamos una vela. Esa era toda la iluminación del lugar, aparte de los rayos de la poderosa tormenta sobre nosotros. Después de tomar nuestro primer vaso de Daime, el viento entró en el recinto, y lo sentimos pasar, como haciendo un reconocimiento del lugar; como si algo o alguien estuviese dando su visto bueno a aquello que estábamos haciendo allí. Poco después la luna, creciente, salía de entre las nubes creando atmósfera en el lugar. De repente, otras lucecillas empezaron a participar del espectáculo lumínico: las luciérnagas, decenas de ellas, brillaban en pulsos de luz en lo alto de la estancia, y acompañaban nuestro “viaje”. Un viaje entre el sueño y la vigilia, más allá de lo que se puede expresar con palabras, y que resulta ser una experiencia muy íntima. Aquella congregación de luciérnagas, puntos verdosos fluorescentes; a veces tenues, a veces muy luminosas, como pequeños fogonazos, fue tomada por todos como un buen presagio. Fabiano nos contó que ha comenzado a compartir la experiencia del Daime con otras personas, no indígenas, para ayudarles a entender la fuerza y la importancia de la selva. Dice que, cuando vivía en su aldea, “tenía la sensación de que estaban solos”, porque creía que nadie aparte de su tribu daba importancia al bosque. Pero ahora, después de conocer personas como nosotros, dice, se ha dado cuenta de que hay más gente que quiere luchar por defender lo que es para ellos lo más importante. Su casa.
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