
Ipêterras (Instituto de Permacultura em Terras Secas) se encuentra en el Norte de Bahía, a 5 kilómetros del pueblo de Irecê, en el sertão. Me encuentro en la estación de autobuses de Irecê con Tachi y dos amigas suyas: Lucía, española y Bea, francesa, que trabajó aqui el año pasado. Poco después llega India, que también venía de Salvador y nos va a llevar al centro.
Aun está amaneciendo cuando llegamos a Ipêterras. El sertão en esta época del año no tiene el aspecto que se podría esperar de un lugar semidesértico. Entre los cactus la hierba crece alta, las pitas están en flor y los árboles lucen verdes y lustrosos. Nos reciben cuatro pequeños perros viralata, felices de ver caras nuevas. India nos lleva a nuestra casa - la primera de un semicírculo de cabañas cilíndricas; y después nos sirve un té. Es una mujer bajita pero con una fuerte presencia. Cabello largo, piel rojiza y ojos rasgados de mirada profunda. Nos cuenta que es una de los cinco fundadores del centro, y la única que todavía trabaja y vive allí, después de que Eleno, otro de los fundadores, muriera el año pasado de un paro cardíaco, cuando no había llegado a cumplir los 30.
Y nosotros nos hospedamos en la casa del difunto, que está como cuando él la dejó, en julio del pasado año. Todavía cuelgan cuatro pequeños ángeles de yeso de la pared, todavía hay libros y documentos suyos, y un corcho con sus fotografías. Bea dice que no entiende cómo alguien tan comprometido y buena persona pudo morir tan joven. Eleno trabajaba por los derechos de los pequeños agricultores y era educador ambiental.
Frente al círculo de casas hay una huerta-mandala, y ayudo a recoger el sorgo, ya maduro, que crece entre chumberas y pequeñas acacias. En un algodonero, encuentro toda una comunidad de insectos. En los capullos de sus flores, entre los sépalos, viven pequeñas mariquitas blancas y amarillas, poniendo a raya los pulgones. Escarabajos cantáridos verdes, con manchas amarillas y aspecto de caramelo duro, salen de las flores amarillo limón cuando las toco. Abejas, nativas y africanizadas, y avispas vuelan por todas partes empezando su labor diaria. En el lugar crecen varios árboles del sertão que almacenan agua en sus raíces, como el umbú, que durante la guerra de Canudos salvó la vida de muchos sertanejos.

La chumbera, que llaman palma, se utiliza para dar sombra a los vástagos que se plantan, enterrando pedazos de ésta alrededor de la planta. La chumbera es considera forrajera en Brasil, pero ha sido consumida por los pueblos del semiárido desde antes de que llegara a éste el ganado.
Una técnica que utilizan aquí para obtener algunas hortalizas es cultivar en tierra encima de lona impermeable dispuesta sobre una inclinación rectangular en el terreno, que ser riega por una tubería vertical al suelo. La evaporación permite que se aproveche al máximo el agua.
La vida tradicional del semiárido ha sido amenazada por la monocultura. Además se ha proyectado un trasvase del rio São Francisco para irrigar grandes áreas de sertão, lo que beneficiará a los grandes terratenientes, y perjudicará enormemente la agricultura familiar.
En Ipêterras promueven la roça permanente, que consiste en cultivar siempre la tierra para mantenerla fértil, con plantas propias del sertão. Para esto están empezando a crear un banco de semillas.
Los perros ladran cada vez que un armadillo entra en la huerta, y Kiriku, el menor de ellos persigue a un sapo que más tarde se venga metiendo sus patas en el bebedero de los canes.
-- Se está haciendo las uñas --. Dice India. Zé Luis, que así bautizamos al otro sapo, vive en la casa de Eleno y se pasea tan tranquilo entre nosotros. La sala se llena por las noches de mantis religiosas. Zé Luis, con su mirada ausente, espera paciente a que una de ellas pase por su lado y en un segundo ésta ha desaparecido.
Los armadillos que nos visitan vienen de la caatinga, que es el bosque semidecíduo de las zonas áridas de Brasil. Al fondo de la finca hay uno de estos bosques, a los que llaman matas brancas, porque en la estación seca, cuando pierden las hojas, se vuelven de un tono plateado, casi blanco.
La excusa de nuestro grupo para visitar Ipêterras eran las cantorías, que son un festival de música del sertão. La misma excusa tiene Katie, una inglesa amiga de Jean Louis, un suízo que vive en el instituto. Bea, que parece haber descubierto su sexualidad recientemente, y que está obsesionada con Tachi, ha estado muy rara desde que llegamos a Irecê. Pues bien, descubrimos que tiene celos de Lucía. En la segunda noche de cantorías Bea consigue enrollarse con Tachi en mitad de la plaza del pueblo. Katie - que trabaja en una ONG por los derechos de la mujer, les informa: -- aquí matan por cosas así--.

El último día en Irecê organizamos una fiesta. Comemos hasta hartarnos. Voy a la despensa y reparo en una frase, escrita en la pared, que no había visto antes: "Mientras los alimentos continúen viniendo de suelos enfermos, el espíritu será debil para liberarse de la prisión del cuerpo". Rudolf Steiner.
2 comentarios:
me molan mucho tus descripciones del entorno natural, al más puro estilo Gerald Durrell :D
Beijos
Gracias. Es un halago. No sabía que leías a Durrell.
Beijão
Hablando de bossa, acabo de acordarme, creo que no te he dicho que vivo a un tiro de piedra de Maria Bethania y que una noche, después del carnaval, conocí al que escribió aquella canción:
http://www.webletras.com.br/letra/musica/717573/caetano-veloso/irene.htm
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