
Julieta salió para verificar que lo que se temía era cierto: el citröen cx había entrado de lleno en la nieve. Ángel desde el coche intentaba sacarlo marcha atrás sin éxito.
- ¿Qué hacer ahora? ¿Cavar con las manos? Pensó Julieta.
La cara de Ángel lo decía todo. Y ella, por experiencia, sabía que en estos casos era mejor no decir nada. Después de varios intentos, Ángel salió del coche y dio un fuerte portazo:
- Está anocheciendo. Hay que sacarlo de aquí.
La perífrasis impersonal le sonó a Julieta a que su novio quería subirse el muerto a sus espaldas él sólo. Por cuestión de orgullo. Y ella ahora tendría que intentar de cualquier forma ayudarle a compartir el peso. Y así es como ocurrió. El pobre citröen, con sus cerca de treinta años, acabó por no arrancar más, con lo que podían olvidarse de él por el momento. Así que Julieta decidió subir a lo alto de un montículo. Ángel ni siquiera la vio desaparecer entre los pinos.
- ¿Dónde ha ido? Pensó Ángel. -¡Pero si apenas hay luz! Siempre desaparece en situaciones extremas.
Julieta volvió al rato con cara de haber encontrado el mapa del tesoro. Ángel no le dejó hablar:
- ¿Pero qué andas haciendo?. ¡Dame la linterna! ¿No ves que tengo que ver el motor?
Ya hacía varias semanas. Semanas en las que habían conseguido tener una convivencia pacífica. No levantar la voz.
- Pero es una situación extrema- Se dijo ella. E intentó explicársela a Ángel, que empezaba a hurgar debajo del capó:
- He visto una luz allá arriba. He visto la casa de los Juanes. - Juan José y Juan Carlos, un par de amigos que les habían invitado a ellos, y a algún que otro familiar, a pasar la Navidad en la montaña por segundo año consecutivo.
Después de esto no hubo forma de contener lo que llevaba horas de camino amenazando con desencadenarse. Una de esas discusiones apasionadas en que él echa la culpa al coche de segunda mano porque ella lo compró, en que ella se defiende culpándole a él de haber elegido el camino malo, con esa nieve. Y así continúa subiendo el tono. Y a Ángel le parece ver, a su vez, otro ángel a su lado, con cara de impotente, y el demonio con su tridente del otro, pinchándole en la nuca para que aumente el número de descalificativos. Y Ángel-Ángel ya no puede parar.
Hasta que del ojo izquierdo de Julieta cae una lágrima. Momento en el que ella se da la vuelta y se echa a andar camino arriba. Minutos después, Ángel la sigue, con la linterna y una mochila a la espalda.
Y sólo pasado un buen rato la alcanza, gracias a la luna creciente, más que a la linterna. Julieta camina a toda velocidad, ya segura de saber dónde se encuentran. Ángel intenta disculparse sin recordar ya qué es lo que ha dicho antes. Y el camino pedregoso va a dar a la carretera, iluminada con una triste farola. A pocos metros está la casa de los Juanes. Ángel se adelanta corriendo a Julieta y la espera en la puerta. Antes de que ella diga una palabra, levanta en su mano derecha una rama de muérdago. Y ella le va a preguntar cómo la ha encontrado en la oscuridad, pero Ángel le planta un beso de ángel bajo la planta parásita que Julieta estudiaba cuando escribía su tesis en el sur de Suecia.
Uno de los Juanes canta villancicos en la casa, huele a castañas y asado, y el perro ladra detrás de la puerta.
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